lunes, 25 de junio de 2012

Religión y Esclavitud en La Dionisia


Las excavaciones efectuadas en torno a la Ceiba estuvieron dirigidas a la búsqueda de posibles ofrendas hechas por esclavos. La Ceiba es reconocida como árbol sagrado por excelencia donde se realizan ceremonias y se ofrecen ofrendas a todos los Orishas, que consisten por lo general en sacrificios de aves, aunque también se utilizan huevos y centavos viejos[1].
Las excavaciones develaron la presencia de monedas que podrían estar vinculadas a prácticas religiosas afrocubanas, ya que de 22 piezas encontradas 14 son centavos. No obstante, estas monedas están fechadas para el siglo XX, lo que indicaría la continuación de las tradiciones de los mencionados cultos, pero no se corresponden con la dotación de esclavos.
Es preciso mencionar la posibilidad de que se utilizaran materiales perecederos, cuestión que fue ampliamente señalada por viajeros extranjeros que visitaron las plantaciones cubanas en el siglo XIX.
Atendiendo a esto, Fredrika Bremen[2] menciona la utilización del árbol de la güira para la confección de distintos útiles domésticos, así como la realización de cestos trenzados por los esclavos, lo que dejaría abierta la posibilidad de que utilizaran este tipo de recipientes para las ofrendas, lo cual no perduraría en el clima tropical imperante en la isla.
Por otra parte, el hallazgo de un núcleo de pedernal (sílex) en la excavación del área asociada al barracón de esclavos comunes podría estar vinculado a ofrendas religiosas.
La aparición de piezas de pedernal en contextos históricos se ha asociado principalmente a la confección de piedras de chispa, como parte de las armas de fuego. La presencia de este tipo de material en contextos asociados a esclavos ha conllevado a interpretarlos por parte de los arqueólogos como evidencias del acceso de los esclavos a las armas de fuego. No obstante, se está tomando en cuenta la posibilidad de que este tipo de piezas hayan sido utilizadas como ofrendas religiosas[3], cuestión que está por comprobarse. 
Algunos investigadores han planteado la utilización de rocas de cuarzo como ofrendas religiosas en Norteamérica[4], mineral que presenta características físicas semejantes a las del pedernal, lo que podrían sugerir la posibilidad de uso de este último con esos fines.
En el ámbito cubano, el hallazgo de pedernal asociado a los esclavos es muy escaso. En un contexto excavado en la Habana Vieja[5] se reporta la presencia de posibles cultos de origen africano para finales del siglo XIX en varios restos óseos humanos, excavación donde apareció una pieza de sílex, aunque en un relleno secundario no vinculado al hecho descrito.


[1] Cabrera, L. (1993) El monte.
[2] Bremer, F. (1981) Ob. Cit.
[3] Singleton, T. (2007) Re: question.
[4] Singleton, T. (2007) Re: question.
[5] Roura, L. (2002) “Enterramientos humanos en la casa de Obrapía no. 55”.

La Vida del Esclavo en la Plantación


Los datos históricos hasta ahora encontrados referentes a los esclavos del cafetal La Dionisia no ofrecen mucha información. El único registro acerca de la densidad de población esclava de la citada plantación se encuentra en la Correspondance consulaire et commerciale del Ministère des Affaires Etrangères de Francia donde aparece la cifra total de 80 esclavos para 1843. Es preciso señalar que en este documento aparece como propietario de la plantación Francisco Rou-viere que para esa época hacía casi diez años de su fallecimiento. Por otra parte, en 1836 Francisco Simón, primogénito del matrimonio, había pasado la propiedad a tres de sus hermanos, por lo que la información mencionada podría representar una cifra equivocada para el año en cuestión, tal vez correspondiente a la década del treinta. No obstante, el documento aporta un estimado de la densidad de la población esclava que habitó en un momento determinado la plantación.
No se han hallado documentos que especifiquen la proporción de hombres y mujeres, cuestión que ha sido determinada en otras plantaciones de la provincia de 2:1, dos hombres por cada una mujer. Así mismo, tampoco se conocen las naciones africanas representadas, con la excepción del primer bautismo de esclavos del cafetal, realizado en julio de 1822 en la Parroquia San Carlos Borromeo de Matanzas que corresponde a una adulta Carabalí y otro bautismo realizado en la Iglesia Parroquial San Cipriano Obispo y Purísima Concepción de Limonar en marzo de 1863 de una morena hija de una esclava de nación Mina[1].
El término nación, que define la afiliación étnica o cultural, fue utilizado para distinguir la procedencia de los esclavos embarcados en la trata trasatlántica. Los comerciantes de esclavos los catalogaban según el puerto de embarque. Así, Minas proviene de Elmina, puesto de comercio que perteneció primeramente a los portugueses y más tarde a los holandeses, ubicado en la Costa de Oro, actualmente dentro de los límites territoriales de Ghana[2]. En cuanto al término Carabalí, parece haberse asignado a los esclavos extraídos desde las factorías localizadas en las márgenes de los ríos en la zona de Calabar, actual territorio de Nigeria, en las fronteras con Camerún. El puerto de Calabar fue uno de los más importantes mercados de esclavos desde el siglo XVII hasta el XIX, desde donde se ha considerado fueron enviados hacia el “Nuevo Mundo” entre el 25% y el 30% aproximadamente[3].
Respecto a las evidencias materiales, aunque cuantitativamente no fueron muchas, se lograron encontrar algunos indicios y ausencias que apuntan a la vida del esclavo en la plantación.


[1] Iglesia Parroquial San Cipriano Obispo y Purísima Concepción de Limonar. 1863. Certificación de Bautismo. Libro 4 Pardos y Morenos, folio 229, No. 797.
[2] Singleton, T. (2005) Ob. Cit.
[3] Wikipedia. http://en.wikipedia.org/wiki/Calabar (18 de septiembre de 2008).

La Esclavitud: breves apuntes


Como consecuencia de la colonización europea en América a finales del siglo XV y el rápido exterminio casi por completo de la población aborigen, comienza la importación de personas procedentes de las costas del continente africano. El año de 1517 trae consigo el inicio de la trata negrera en la isla de Cuba de la mano del rey Carlos V (1516 – 1556) cuando autoriza la primera licencia para la inserción de negros esclavos en el denominado Nuevo Mundo[1].

Hasta entrado el siglo XVIII esta empresa no se comporta estable. El impulso que lograran las industrias cafetalera y azucarera en la segunda mitad de la mencionada centuria, sería el catalizador que conllevaría al arraigo del sistema esclavista en la isla.
La apertura del puerto de Matanzas en 1793 por la Real Orden del 3 de diciembre, como se mencionó con anterioridad, abrió las puertas de la provincia al comercio directo con España y sus colonias, pero también a la entrada de negros bozales producto de la trata trasatlántica.
El creciente desarrollo de las plantaciones produjo el rápido incremento de la población esclava, superando con creces a los blancos, especialmente en Matanzas que se ha considerado como el emporio azucarero de Cuba[2]. En 1841, la población de la jurisdicción era la siguiente: 27.148 blancos, 4.570 libres de color y 52.322 esclavos, demostrando una amplia superioridad.
La trata trajo consigo las manifestaciones de rebeldía que comen-zaron a intensificarse con el siglo XIX como consecuencia de la sobrepoblación esclava. Para el caso de las plantaciones cafetaleras, los reportes de estos fenómenos sociales fueron menos frecuentes con respecto a las plantaciones de azúcar, lo que se ha entendido por las diferencias en cuanto a los trabajos que en cada una se sometían a los esclavos.
En este caso la Arqueología Histórica aporta la información que los documentos no mencionan y, en ocasiones, puede cuestionar la veracidad de los hechos que describen mediante la interpretación de la cultura material. Desde la particularidad de este contexto se estudia la conformación de la sociedad moderna a partir de la influencia de la cultura africana y su legado en la conformación de la sociedad cubana.


[1] Funari, P. P. y L. S. Domínguez (2006) “El método arqueológico en el estudio de la esclavitud en Cuba y Brasil”.
[2] Escalona, M. S. (2005) “Los momentos que preceden a la ‘Conspiración de la Escalera’ en la jurisdicción Matanzas. La población negra de la zona (1840-1844)”.

Desarrollo Turístico del Área de Canímar


Las condiciones naturales del Valle de Canímar han llevado a considerarlo como una zona de importantes riquezas naturales, donde conviven exóticas especies tanto de la flora como la fauna tropical y elementos patrimoniales, como sitios donde se reconocen huellas de las antiguas culturas precolombinas y estancias coloniales de extraordinario valor, más allá de algunas irregularidades que han afectado el paisaje. Estas condiciones incidieron en la instauración de bases de campismo en el área a inicios de la década de los ochenta, como primeros exponentes de explotación turística destinada al público nacional. Con posterioridad, se comienzan varios proyectos, fundamentalmente a partir de los años noventa con el naciente turismo internacional, lo que trajo consigo la inserción de empresas nacionales y extranjeras, siempre con una concepción de turismo de naturaleza. En las postrimerías del siglo XX y en el umbral de XXI, muchos han sido los proyectos que se han concebido en torno al Valle de Canímar, aunque pocos han llegado a materializarse.
Uno de los más recientes fue dirigido a la creación de un Parque Temático con un “uso sostenible de Recursos Naturales, arqueológicos, culturales y patrimoniales.” El mismo reitera que su desarrollo sería “con amplia concepción de sostenibilidad”, planteando que posibilita-ría, entre otras cosas, “el cuidado y protección de los recursos forestales y arqueológicos fuertemente amenazados en la actualidad”, según el autor por carencia de financiamiento[1]. Es importante señalar que, al decir del autor, el Parque podría triplicar los ingresos actuales, que está limitado de alcanzar cuotas de mercado, al no poder incrementar las opciones y atractivos. Más adelante plantea lo expresado por el Ministerio del Turismo (MINTUR) referente a la necesidad de “o no considerar a Canímar como Área Protegida o en su defecto establecer capacidades de carga amplias”, ya que 120 PAX diarios “no permiten el desarrollo del Parque”.
Añade además que “los intereses del turismo requieren que ésta [capacidad de carga] no sea inferior a 1000 PAX diarios”, por lo que las entidades interesadas, la Unidad de Medio Ambiente del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) en Matanzas y la Empresa de Flora y Fauna, se pronunciaron por ampliar la capacidad de carga, aludiendo como justificante que “no se había contado con la información y recursos necesarios para fijarla con exactitud y se reconocía que los cálculos habían sido conservadores”, siempre que los resultados aboguen por un incremento económico.
A todo lo anterior se debe apuntar que en un inicio prima una “amplia concepción de sostenibilidad” y las razones de la limitante de mercados están dadas por “no poder incrementar las opciones y atractivos”, dando como solución el incremento de la capacidad de carga de 120 a 1000 PAX diarios, respondiendo exclusivamente a los intereses del turismo. No se niega la carencia de financiamiento para la protección de los recursos forestales y arqueológicos del área, pero tampoco es el único inconveniente, ya que las soluciones donde solo atañen los resultados económicos concluyen con daños irreversibles.
Por otra parte, es de destacar la ausencia de entidades como el Centro Provincial de Patrimonio Cultural en un proyecto donde el 45,44% de los atractivos turísticos ofrecidos corresponda a sitios patrimoniales.


[1] García, P. L. (2001) Diseño de Parque Turístico en el Área Protegida del Valle del Río Canímar.

Legislación del Patrimonio Histórico


El patrimonio histórico en su generalidad ha sido protegido de una forma u otra por leyes internacionales y con más especificidad por cada pueblo en su situación particular. Los mismos constituyen la memoria e identidad de cada comunidad consciente de su pasado, los que, además, son portadores de valores que definen la particularidad de cada patrimonio, desarrollándose así una conciencia y un conocimiento de la necesidad de su salvaguarda[1].
En este sentido, las leyes establecidas para la protección del patrimonio distinguen el valor de los monumentos históricos, diferenciando así los que deben ser protegidos y los que no. Si bien la palabra monumento, de origen latín (monumentum), se refiere a recordar, por exten-sión ha llegado a utilizarse para toda construcción histórica. Lo expuesto en el primer artículo de la Carta de Venecia[2], fechada para 1964, establece lo siguiente:
“La noción de monumento histórico comprende tanto la creación arquitectónica aislada, como el ambiente urbano o paisajístico que constituya el testimonio de una civilización particular, de una evolución significativa o de un acontecimiento histórico. Esta noción se aplica no sólo a las grandes obras, sino también a las obras modestas que con el tiempo hayan adquirido un significado cultural.”
Este planteamiento muestra la importancia de los espacios receptores de la memoria colectiva que representan parte de la historia de los pueblos, más allá de la magnitud de las estructuras que lo conformen, dando una definición más globalizada de monumento que expone la significación del patrimonio.
Esto pone de manifiesto la importancia de la protección y resguardo del patrimonio histórico, actor protagónico en la conformación de la identidad de los pueblos, para lo que es preciso la subvención de proyectos de rehabilitación e investigación para una mejor comprensión de nuestro pasado.
En el caso de la arqueología, la Carta Internacional para la gestión del Patrimonio arqueológico[3], adoptada por la Asamblea General de la ICOMOS en 1990, en su artículo tercero, plantea que:
La protección del patrimonio arqueológico debe constituir una obligación moral para cada ser humano. Pero también es una responsabilidad pública colectiva. Esta responsabilidad debe hacerse efectiva a través de la adopción de una legislación adecuada y mediante la provisión de fondos suficientes para financiar programas que garanticen una gestión eficaz del patrimonio arqueológico.”
Las leyes de la nación cubana también se han interesado por la protección del patrimonio nacional desde la misma Constitución de la República[4] en su Capítulo V referente a la educación y cultura, Artículo 39, inciso h, donde sostiene que: “el Estado defiende la identidad de la cultura cubana y vela por la conservación del patrimonio cultural y la riqueza artística e histórica de la nación. Protege los monumentos nacionales y los lugares notables por su belleza natural o por su reconocido valor artístico o histórico”; a lo que le siguen la Ley no. 1, la Ley no. 2, ambas de 1977, y los decretos nos. 55, de 1979 y 118 de 1983.
Este último decreto, el 118, plantea en el primer artículo que: “El Patrimonio Cultural de la Nación está integrado por aquellos bienes, muebles e inmuebles, que son la expresión o el testimonio de la creación humana o de la evolución de la naturaleza y que tienen especial relevancia en relación con la arqueología, la prehistoria, la historia, la literatura, la educación, el arte, la ciencia y la cultura en general”, destacando en el inciso k la inclusión de “todo centro histórico urbano, construcción o sitio que merezca ser conservado por su significación cultural, histórica o social”.
Teniendo en cuenta todo lo planteado, desde las cartas internacionales hasta las leyes nacionales, la concepción del patrimonio está muy bien definida, como también el ideal de su conservación, ya sean centros históricos completos como lugares aislados, todos con algo en común: la significación cultural en la identidad de los pueblos. Esto conlleva a que en muchas ocasiones sean convertidos en espacios de atracción turística, lo cual no implica la tergiversación de la realidad histórica. Cada patrimonio se destaca por su particularidad histórica y se debe ser consciente de sus propios valores sin agregados culturales con intensiones de grandeza.
Si bien es cierto que las leyes nacionales promueven la protección y conservación del patrimonio cultural, la realidad cotidiana no funciona al pie de la letra. Muchas veces por falta de financiamiento y otras veces por inconsciencia de las personas a cargo, lo cierto es que nuestro patrimonio cada vez está más expuesto a su desaparición. No obstante, existen Centros Históricos como La Habana Vieja, Camagüey, Trinidad y Cienfuegos, con políticas de protección que funcionan con mayor certeza. Matanzas, lamentablemente, no forma parte de este círculo beneficiado por la conciencia gubernamental de la provincia. Los espacios históricos, con escasas excepciones, se van transformando o derrumbando sin que se realicen estudios arqueológicos. En el mejor de los casos, son rescatadas algunas piezas que son encontradas como consecuencia de trabajos constructivos dentro de los inmuebles urbanos.


[1] Rivera Blanco, J. y S. Pérez Arroyo (2000) Carta de Cracovia. Principios para la conser-vación y restauración del patrimonio construido.
[2] Gazzola, P., et al. (1964) Carta de Venecia. Carta Internacional para la Conservación y Restauración de Monumentos.
[3] ICOMOS. (1990) Carta internacional para la gestión del Patrimonio arqueológico.
[4] Gaceta Oficial de la República de Cuba, edición Extraordinaria número 3 de 31 de enero. http://www.asanac.gov.cu/espanol/constitucion.htm. (21 de marzo de 2007).

La Dionisia y las Consecuencias del Turismo


Al caso específico del cafetal La Dionisia se hace referenfia en varias ocasiones dentro del citado proyecto. Así, entre los planes que proponía la Corporación Gaviota, ejecutante del proyecto, se encontraban los “Proyectos de construcción, restauración y ambientación del cafetal La Dionisia”, asunto que sigue siendo considerado, esta vez por la Empresa de Flora y Fauna. Las pretensiones eran representar la etapa de florecimiento del cultivo del café en la zona, vinculado con el Bongo.
En cuanto a la construcción el proyecto fue más ambicioso ya que se erigió un restaurante en la parte trasera del patio de la casa para brindar un mejor servicio. Las consecuencias de este hecho comenzarán a manifestarse en un futuro cercano ya que la obra se encuentra muy cerca a un muro sin revoque que es parte de los barracones de esclavos domésticos en el fondo del patio, hacia donde el techo hace agua, provocando daños irreparables al entorno de la finca y sobre todo al potencial arqueológico con que cuenta la antigua plantación. Además, el funcionamiento del restaurante implica la sobre explotación del pozo de agua, ya que es la única fuente de abastecimiento del lugar. Esto conllevó a insertar un elemento anacrónico como es un tanque metálico en el entorno cafetalero. 
La conservación del conjunto de las estructuras originales es consi-derablemente buena, aunque muchas de ellas han sido afectadas reiteradamente. La vivienda, que presenta el mejor estado de preservación, estaba afectada en mayor parte en el techo, lo que provocaba humedecimiento de los muros y maderas presentes en el inmueble, por lo que una intervención de restauración habría sido apropiada. Para la misma, era imprescindible la participación y asesoramiento de personal especializado, lo cual no está explícito en ninguna de las propuestas turísticas. Tal es así que se hizo la sustitución de una parte del techo sin contar siquiera con las autoridades patrimoniales.
Respecto a la ambientación, el proyecto está dirigido a la recreación del siglo XIX mediante esculturas, lo cual podría ser utilizado, pero solo como material de apoyo. Por los valores del lugar, es inimaginable la no inclusión de contextos arqueológicos que demuestren materialmente la vida cotidiana en el cafetal, así como los diferentes utensilios utilizados y cambios ocurridos durante su evolución hasta la actualidad.
Es de destacar que la construcción y ambientación de áreas para el turismo se debe tratar con suma precaución y, como ya se ha planteado, debe intervenir algún especialista en el tema, ya que la intención de recrear los ambientes en ocasiones distorsiona la realidad y puede tergiversar realidades históricas o arqueológicas.
En la actualidad, según la promoción que realizan las agencias de turismo, en La Dionisia se brindan el servicio de comida tradicional cubana y una visita al cafetal, pero es de vital importancia que se destaquen los valores históricos, arqueológicos, arquitectónicos y eco-lógicos representados en el lugar, lo cual constituye su razón de ser.
Recientemente, tras una visita a La Dionisia, se pudo constatar la limpieza efectuada de las estructuras, lo que da una mejor visión del espacio y a la vez favorece su conservación. También, se observaron reparaciones realizadas en el techo de la casa de vivienda, algo que se puede apreciar como gesto de beneficio sobre todo para los actuales inquilinos, ya que había grandes daños que provocaba el humedecimiento de muros y maderas. No obstante, esta actividad debió reali-zarse con asesoramiento de personal especializado en restauración y conservación de patrimonio, ya que se realizó una intervención que implicó la sustitución no solo del área deteriorada, sino de todo el techo de viga y tablazón de la galería. 
En última instancia se debe mencionar la reconstrucción de la estructura del campanario llevada a cabo. La misma se realizó como consecuencia del hallazgo de los cimientos originales durante las labores de excavación arqueológica, elemento que se dejó descubierto por su valor histórico para que formara parte de la atracción turística del lugar, por lo que se sugirió su conservación, pudiéndose delimitar el área antes de terminados los trabajos. Para ese entonces surgía la idea[1] de hacer una reconstrucción hipotética la cual se realizaría cerca de la estructura descubierta. Es importante resaltar el acercamiento de la reconstrucción del campanario, ya que cerca no significa en el mismo lugar, ni utilizar la misma huella de poste para colocar la nueva estruc-tura, lo cual se hizo.
Lo cierto es que para la recreación del espacio se construyó un muro a continuación de los cimientos de la estructura original, ubicándose una reproducción de un campanario justo en la huella de poste hallada durante las excavaciones. Es preciso añadir que dicha reproducción fue hecha sin escala alguna, por lo que es totalmente desproporcionada.
Por otra parte, la falta de control sobre los visitantes durante su estancia en el predio se ve reflejada en el impacto producido sobre los muros de las estructuras constructivas de la plantación, donde se observa gran cantidad de escrituras sobre el musgo que los cubre. También, hubo un intento de hurto de un grillete, el cual fue recuperado en esa ocasión gracias al cuidado de Nemesio Guillén. No obstante, una segunda oportunidad fue la definitiva para que desapareciera una de las piezas mejor conservadas de las que se atesoran en La Dionisia. Este hecho es la consecuencia de la explotación turística de un predio que conforma parte del patrimonio cubano, sin que exista personal dedicado a su salvaguarda, más allá de los mismo guías y los trabajadores de mantenimiento y cocina que se desempeñan en el lugar, cuestión que debe ser atendida con suma precaución para que este tipo de situaciones no se repitan y se haga cumplir la ley que los protege.


[1] Esta idea fue expresada al autor por Rolando Torres, Subdirector Comercial de la ENPFF de Matanzas, representante ante el convenio con el Castillo de San Severino Museo de la Ruta del Esclavo para la realización del Proyecto de Excavación Arqueológica en La Dionisia.

Las Excavaciones Arqueológicas en La Dionisia


Como se mencionó al inicio de este ensayo, los precedentes investigativos desde el punto de vista arqueológico en La Dionisia se remontan a principios de la década de 1980, por la visita del grupo Batabanó y luego, en 1989, con las exploraciones realizadas por el grupo espeleológico Norbert Casteret, ocasión en la que solo se describen en la prensa provincial y nacional algunos objetos hallados en superficie y las estructuras visibles. En esa ocasión, se rescataron algunas piezas arqueológicas que fueron donadas en el año 2006 por Boris Rodríguez Tápanes al Castillo de San Severino Museo de la Ruta del Esclavo. Las piezas donadas constituyen: dos candados y un herraje utilizado en las monturas de caballos, fechados para el siglo XIX, las cuales se muestran en la sala de exposición dedicada a la esclavitud.
Posteriormente, se comienzan a llevar a cabo varios trabajos en el lugar por parte de otro grupo espeleológico: el Luis Montané, quienes iniciarían la investigación histórica y arqueológica del predio, aportando resultados inéditos hasta ese momento.
No es hasta el año 2006 que se cometen las primeras excavaciones en el cafetal La Dionisia, resultados que son expuestos en el presente estudio.
Los trabajos de excavación fueron realizados entre el 15 de enero y el 5 de febrero del 2006, para lo cual los objetivos trazados, mencionados con anterioridad, consistían esencialmente en la exploración del área en torno a la Ceiba existente en la finca, la casa de vivienda, la zona donde estuvo el barracón de los esclavos comunes y tratar de localizar los posibles restos del campanario.
La metodología de excavación siguió las pautas establecidas por Edward C. Harris[1] con procedimientos estratigráficos que proporcionan un minucioso nivel de recogida de datos al exponer cada estrato horizontalmente y registrar las relaciones que se establecen entre las superficies y los materiales depositados. Se llevaron a cabo excavaciones en áreas abiertas atendiendo a los espacios excavados, siguiendo la distribución de los estratos arqueológicos e identificando cada estrato, estructura e interfaz como unidades estratigráficas (u.e.) independientes.
El sistema de registro de las evidencia se desarrolló a través de planillas basadas en las utilizadas por el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de Ciudad de La Habana, aunque con adaptaciones al contexto excavado. Además, se realizaron dibujos a escala, con un registro fotográfico digital pormenorizado y sistemático.
En ese sentido se delimitó un área de 2m X 3m partiendo desde el tronco de la Ceiba hacia el lado Este y se profundizó hasta 0,15m donde el estrato se comportó estéril. La excavación estuvo dirigida a la búsqueda de posibles cultos religiosos afrocubanos, encontrándose varias monedas ubicadas cronológicamente en el siglo XX y XXI, así como varios fragmentos de vidrio.
En la casa de vivienda se efectuaron calas exploratorias de pintura mural en el área del portal y en un espacio interno, hallándose en ambos lugares varias capas pictóricas. En el portal se pudo detectar un cambio cronológico a nivel del enlucido, detalle que indica reestructuraciones del espacio donde fueron realizados añadidos de habitaciones. En la habitación que actualmente ocupa la carpintería se hallaron capas con decoraciones de diseño sencillo: cenefas tipo rodapié alto de un color plano, que en los tres casos fue blanco[2].
Una pequeña excavación fue realizada en el patio interior de la casa de vivienda, donde fue escogida una habitación ubicada en el lado izquierdo el cual, según las fuentes orales, había estado destinado a la incineración de maderas para hervir ropas. En el lugar, donde se realizó una cala de 1m X 1m, se detectaron varias capas de ceniza y un apisonado sobre un estrato arenoso donde afloraron varios fragmentos de madera y gran cantidad de herrajes y clavos de hierro.
Entre los objetivos más significativos se encontraba la localización de los restos del campanario, para lo cual se contó con la ayuda de Nemesio Guillén, quien conocía un probable lugar de ubicación en lo que hoy es parte de un potrero, donde se observaba la afloración de algunas rocas con aparente disposición intencional. En ese espacio se excavó un área de 5m X 4m que develó gran cantidad de fragmentos de enlucidos de cal, vidrio, loza blanca y perla, porcelana y clavos de hierro.
También, como último objetivo de la campaña, se excavó un área de 5m X 3m a la izquierda de la entrada actual de la finca, lugar donde debió existir el barracón de los esclavos comunes. Según los datos orales de Nemesio Guillén, la estructura fue destruida cuando se construía la línea eléctrica de alta tensión. En el lugar se observan varias aglomeraciones de roca y tierra provocadas por la acción devastadora de los buldóceres utilizados.
En este espacio los trabajos no fueron culminados, pudiéndose profundizar hasta 0,15m, no obstante fueron encontrados varios fragmentos de vidrio, cerámica ordinaria, algunos clavos y parte de una bisagra, entre otras piezas.



[1] Harris, E. C. (1991) Principios de estratigrafía arqueológica.
[2] Cepero Figueras, L. (2006) “Informe de pintura mural”.

Composición del Cafetal La Dionisia


Uno de los rasgos más significativos del cafetal La Dionisia es, sin lugar a dudas, la conservación de su estructura constructiva. La cercanía de la ciudad y el crecimiento urbano no parecen llegar al predio, aunque esta apreciación no podría afirmarse cabalmente por razones que se tratan en el apartado dedicado al patrimonio.
Hasta el presente, los estudios realizados en torno a las plantaciones cafetaleras[1] concluyen que la organización de las mismas se caracteriza por las particularidades de cada una respecto al emplazamiento en el terreno, poder adquisitivo y otros factores que influían en la distribución de las estructuras, por lo que no existía un patrón único de organización. No obstante, se han identificado dos variaciones en la estructuración del batey en las plantaciones cafetaleras, sujetas a la geografía del espacio utilizado, definiéndose los bateyes en forma lineal para las áreas montañosas y bateyes agrupados para los valles y cimas de montañas[2]. Teniendo en cuenta esta propuesta, concebida para el oriente cubano, La Dionisia tendría una organización agrupada del batey.
El levantamiento topográfico llevado a cabo en La Dionisia mostró la conformación del batey, ubicándose todas las estructuras de forma tal que quedaba en el centro un espacio común. El batey era uno de los componentes esenciales de las plantaciones cafetaleras, conformado por dos áreas definidas por su funcionalidad: la zona industrial y la habitacional.
Así, entre los exponentes que presenta mayor estado de conservación se encuentra la casa de vivienda. Los estudios realizados en plantaciones cafetaleras cubanas han tenido como principal objetivo estas estructuras. En este caso no ha sido así. Si bien los objetivos propuestos iban en otro sentido, era de interés el conocimiento de todo el conjunto, pero la constante utilización del inmueble hasta nuestros días imposibilitó cualquier trabajo. No obstante, con el debido permiso de los actuales inquilinos, se pudieron efectuar varias calas de pintura mural en los muros a la vista más antiguos.
Por lo general, la vivienda en la plantación tenía amplio dominio visual del resto de las construcciones y, en el occidente cubano, era concebida fundamentalmente para el hábitat. En contraposición, en el oriente del país la denominada casa señorial se utilizaba como vivienda y almacén, que en occidente constituían dos estructuras distintas, como es el caso de La Dionisia. No obstante, esto se manifiesta en la zona rural, ya que en las urbes de La Habana y Matanzas también existían las casas señoriales que contaban con un entresuelo destinado a almacén.
La casa es de planta compacta rectangular y parece haber presentado una galería o portal alrededor de la misma que actualmente está presente solo en el frente y parte de uno de sus lados. Los trabajos de pintura mural develaron la superposición de paramentos mediante la diferenciación de los enlucidos de cal y cemento que los caracterizaba. 
Además, la morada presenta un área de traspatio donde se encon-traba la cocina y un horno para pan. Según Ramírez y Paredes[3] la cocina era frecuente que constituyera un elemento independiente o estuviera separada del cuerpo de la vivienda para evitar los olores y humos.
A continuación de la cocina existen otras habitaciones que las fuentes orales relacionan con los barracones de esclavos domésticos y, quizás, la despensa. 
Otra de las estructuras principales en la plantación lo constituye el almacén. Como ya se mencionó, está formado por una construcción independiente y presenta un estado de conservación parcial, ya que cuenta con algunos de sus muros destruidos por agentes naturales como la vegetación, aunque la mayor parte está en pié.
Algunos investigadores mencionan la existencia de otros locales más pequeños que funcionaron para el almacenamiento de los útiles y herramientas de trabajo[4]. En el caso de estudio no se hallaron huellas de estructuras que pudieran asociarse a este tipo de dependencia, lo que podría indicar la posible utilización del mismo local para ambas funciones, aunque lógicamente el grano tendría un evidente privilegio.
Entre la casa y el almacén se halla una estructura compuesta por tres habitaciones, una de ellas destruida, así como algunas partes del resto de los muros. Según la tradición oral están asociadas con los apareamientos forzosos, cuestión que ha sido tratada en la literatura histórica referente a la esclavitud en las plantaciones. Era utilizada para la reproducción natural de la fuerza de trabajo y los nacidos eran denominados criollos, para los cuales existían otras construcciones dedicadas a su crianza.
Otra estructura, que aparentemente está compuesta por una sola habitación, está enclavada a la izquierda del almacén. Esta conserva algunas secciones de muros, pudiéndose reconstruir sus dimensiones hipotéticas teniendo en cuenta sus cimientos y se ha relacionado con la enfermería. La presencia de la enfermería era común en todas las plantaciones cafetaleras, por la necesidad de mantener la fuerza motriz de la cosecha en perfectas condiciones de salud[5].
La denominada casa o criadero de los criollitos es otra de las construcciones presentes en La Dionisia, aunque su atribución funcional está dada por la tradición oral. La misma está constituida por un muro perimetral y otro que la divide aproximadamente al medio. En la esquina suroeste se detectaron los cimientos de una pequeña estructura de dos habitaciones comunicadas, de las cuales no se tiene ninguna referencia, pero deberían estar asociadas a la crianza de los criollitos.
Al lado oeste de la casa de los criollitos se conservan restos de muros en un área donde el nivel del suelo era de aproximadamente 0,50 metros más alto en las primeras visitas que realizamos, espacio que parece haber sido destinado a semillero. En la actualidad esta diferencia no se aprecia, ya que se ha destinado para la siembra y la capa vegetal ha sido removida.
La noria, por otra parte, se mantiene en buen estado de conservación y ha sido utilizada ininterrumpidamente hasta la actualidad, aunque gran parte de la estructura de madera ha sido sustituida. Relacionada con esta, se encuentra un sistema de estanques o contenedores que parecen estar asociados a las reservas de agua. Gran parte de ellos solo se conservan los cimientos. Las modificaciones realizadas para su uso actual llevaron a su destrucción.
Según Ramírez y Paredes[6], en el occidente los cafetales ubicados en zonas llanas estaban obligados a crear reservas de agua para tiempo de seca, lo que parece estar relacionado con los cimientos hallados.
Frente al almacén se pudo definir al menos una estructura correspondiente al secadero, observándose un basamento de pequeñas rocas a un nivel ligeramente superior con respecto al resto del terreno. También se localizaron varios fragmentos del muro perimetral con forma redondeada en la superficie, dispersos por el área. Es probable la existencia de otro secadero o bien que el mencionado se extendiera más allá de sus dimensiones actuales, puesto que hoy día está cruzado por el camino de entrada a la finca. Presenta una figura rectangular y se encuentra justo a la vista de la vivienda, característica que está presente en todos los cafetales[7].
Aunque ya no existe, se tienen referencias del barracón de los esclavos comunes, el cual conservaba sus muros perimetrales hasta la década del setenta cuando fue derrumbado. La tradición oral describe la estructura como de planta aproximadamente cuadrada con un muro divisorio y en una de las esquinas, en la parte externa, se encontraba un aljibe.
Estas estructuras parecen haber sido de dos formas fundamentales: el barracón de patio que constituía un conjunto de habitaciones con salida a un patio central que fue más común en las plantaciones azucareras donde se contaba con una dotación más importante, así como mayores exigencias de trabajo y por ende precisaban más seguridad. Por otra parte se encontraban los bohíos que se conformaban de pequeñas casas construidas de embarrado y guano, las cuales parecen haber sido más comunes en los cafetales[8].
Viajeros como Fredrika Bremer[9] señalan estas diferencias y recientes excavaciones en el cafetal del Padre, provincia La Habana, indican la presencia de bohíos como vivienda esclava[10]. En La Dionisia no se ha podido definir qué tipo de barracón existió. Las excavaciones realizadas en esta área no han aportado datos de los mismos.
También, se halla entre las estructuras el horno de cal. El mismo fue construido aprovechando las condiciones naturales del terreno, en una dolina que crea un desnivel. Hasta mediados del siglo XX la estructura parece haber permanecido en buenas condiciones pero otros incidentes, que son tratados más adelante, conllevaron a su destrucción casi completa, conservándose solo dos secciones de muros.
El horno de cal es un elemento imprescindible en este tipo de plantaciones ya que se utilizaba tanto para la construcción de las instalaciones como para el beneficio de la cosecha[11]. El funcionamiento del mismo estaba concebido para el acceso tanto a la parte superior como inferior, por donde se suministra la materia prima para la obtención de la cal y para alimentar el fuego. 
Por último, se encuentra el campanario, estructura que también participa activamente en la vida de la plantación. Ramiro Guerra[12] menciona al respecto que:
“Esta tenía la triple función usual: llamar a los esclavos al trabajo en la mañana y al medio día; hacerlos cesar en el mismo a las horas acostumbradas; y tocar a somatén en caso de incendio o cuando hubiese necesidad de cualquier otra clase de socorro. El campanario tenía otra función de elevada espiritualidad: dar el toque de oración a la caída de la tarde en coro solemne con las campanadas de las fincas vecinas”.
En este caso la estructura del campanario fue localizada mediante los trabajos arqueológicos, encontrándose los cimientos del mismo, que será tratado en el apéndice correspondiente.


[1] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Francia en Cuba. Los cafetales de la Sierra del Rosario (1790-1850).
[2] Rizo, L. (2005) La arquitectura agroindustrial cafetalera del siglo XIX en Santiago de Cuba, pág. 59.
[3] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[4] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[5] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[6] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[7] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[8] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[9] Bremer, F. (1989) Cartas desde Cuba.
[10] Singleton, T. (2005) “Interpretando la vida del esclavo en el Cafetal del Padre”.
[11] Ramírez, J. F. y F. A. Paredes (2004) Ob. Cit.
[12] Guerra, R. (1974) Mudos testigos, p. 52.

La Dionisia en la Guerra de Independencia de 1895


La segunda mitad del decimonónico cubano estuvo matizado por las acciones bélicas para la independencia del archipiélago del dominio español. El año 1895 trajo consigo el inicio de otra contienda conocida como la Guerra Necesaria, esta vez organizada por José Martí y Máximo Gómez, en la que la incorporación de occidente era fundamental.
La zona de Canímar y sus cercanías es utilizada para el resguardo del armamento para el alzamiento del 24 febrero de 1895. Entre los lugares documentados por la historiografía se encuentran La Ignacia, en el actual municipio de Limonar, y la finca de Manuel Fernández, situada en Canímar[1]. Las autoridades coloniales comienzan a inquie-tarse por un factor de inminentes consecuencias: la tea incendiaria o guerra económica. Matanzas, que sobresalía por su riqueza azucarera, se vería afectada sobremanera.
Según demuestra la información histórica, en estos años, sobre todo en 1896, se desatan acciones bélicas en algunas plantaciones de la zona, como es el caso del cafetal Josefa el 23 de junio en Sumidero, Limonar, entre las fuerzas del general Lacret y el coronel Gastón[2]. No obstante, hasta el momento no se tienen referencias de sucesos semejantes llevados a cabo en La Dionisia[3].
Sin embargo, en el marco de una de las puertas de la parte trasera de la casa de vivienda de la plantación se conserva un agujero que se ha asociado a un impacto de proyectil. La tradición oral ha rescatado un pasaje relacionando esta evidencia con la gesta independentista de 1895, cuando tropas españolas se refugiaron en la casa para repeler un ataque mambí. Se cuenta que las fuerzas cubanas derrotaron a sus oponentes, sepultándolos en el lugar por donde hoy pasa el camino que conduce al poblado de Indaya. Como resultado del enfrentamiento una sección de la vivienda fue quemada.
Si bien la zona de Canímar, como se ha mencionado, estuvo vinculada a todo el proceso independentista y sufrió las consecuencias de la contienda sobre todo a través de la tea incendiaria, no se ha podido corroborar, ya sea mediante la documentación histórica o las labores arqueológicas, la veracidad de los hechos. Lo cierto es que el agujero que atraviesa el marco ha quedado como testigo de un suceso que pudo haber estado relacionado con el paso de las tropas mambísas por el territorio.
Agujero del impacto de bala en el marco de una de las puertas


[1] Gómez, F. (2004) Ob. Cit., p. 67.
[2] Gómez, F. (2004) Ob. Cit., p. 102.
[3] Faustino Gómez, comunicación personal, 2005.

La Familia Rouviere


D. Francisco Federico Rouviere, natural de Marsella, y Da. Dionisia Giraud Le Riech, natural de Paris, parecen haber arribado a Cuba entre finales del siglo XVIII y 1804, fecha en que nace el primer hijo del matrimonio, Francisco Simón, en Güira de Melena, La Habana. Teniendo en cuenta los distintos sucesos tratados en el capítulo anterior, los probables lugares de procedencia serían Haití, Santo Domingo, Luisiana y hasta la propia Francia.
La familia Rouviere parece haber sido expulsada hacia los Estados Unidos entre 1808 y 1811, como consecuencia de la guerra española-francesa, ya que el 12 de mayo de este último año nace otra hija del matrimonio: Josefa Magdalena, en Savannah, Georgia, donde se estable-ció la familia, pues el 26 de diciembre de 1813 nacería María Dorotea, a quien bautizan el 6 de febrero del año siguiente. Además, el 23 de marzo de 1816, nace Dionisia Catalina en la misma ciudad, bautizada el 27 del siguiente mes.

D. Francisco Simón Rouviere Giraud (cortesía de Marisol López Iglesias)

Los referidos nacimientos dan fe de la estancia de la familia entre mayo de 1811 y abril de 1816. Luego, se tiene que en 3 de febrero de 1818 D. Francisco Rouviere compra las primeras tierras en la ciudad de Matanzas[1], lo que reduce el estimado a un año y nueve meses para la llegada por segunda ocasión al país. Una carta escrita de puño y letra de D. Rouviere fechada en 13 de noviembre de 1818, localizada en las Actas Capitulares del Archivo Histórico de Matanzas, permite observar algunas dificultades en la escritura, con la utilización de artículos en francés, resultado de una breve estancia en Cuba. Por otra parte, es necesario recordar la Real Cédula emitida el 21 de octubre de 1817, lo que pudo haber influido en el retorno de la familia.
El 22 de junio de 1834 muere doña Dionisia Giraud Le Riech, lo que debió provocar un doloroso impacto a su familia que ya contaba con varios miembros. Lo cierto es que, como un extraño suceso, justamente siete días después muere su esposo Don Francisco Rouviere Duran. Ambos, por la fecha de defunción, debieron ser sepultados en la necrópolis de Embarcadero Blanco que brindó sus servicios desde 1811 hasta 1839, aunque desde 1830 se elevaron innumerables quejas a razón del espacio y las condiciones en que se encontraba[2].
Con posterioridad, en 1840, es la apertura del cementerio de San Juan de Dios, efectuándose el primero de noviembre de ese año la inauguración con la inhumación de los difuntos procedentes del de Embarcadero[3], por lo que es de pensar en el traslado de los difuntos esposos franceses hacia las nuevas parcelas.
Es preciso señalar que en el curso de las investigaciones se logró detectar la bóveda con la inscripción a bajo relieve en la tapa que reza: D. Francisco Rouviere. Año de 1842[4]. Por la fecha se puede inferir su procedencia del camposanto de San Juan de Dios, con posterioridad trasladada hacia el San Carlos, donde fue hallada.
En 1868, se agota por completo el espacio dedicado a la sepultura en la mencionada necrópolis de San Juan de Dios, por lo que, tras un pedido efectuado por el cura D. Juan Mignagaray el 4 de julio del corriente, se concede la bendición de una parcela en el aún inconcluso nuevo cementerio[5] de San Carlos, aunque este se fundaría en 1872.
En 1870 muere D. Francisco Simón Rouviere a la edad de 66 años, por lo que parece haber sido sepultado en la necrópolis de San Carlos, donde se encontró la lápida. Este ínterin, desde que comienzan las sepulturas hasta que se funda el camposanto, dio lugar a la falta de documentación de esos primeros años, por lo que fue imposible abun-dar más en el tema.


[1] Archivo Histórico de Matanzas. Anotadurías de hipotecas. Libro 1. Partida 70. Folio 15.
[2] Vento, E. (2002) La última morada. Historia de los cementerios de Matanzas.
[3] Vento, E. (2002) Ob. Cit.
[4] Su localización se debe al trabajo realizado por Marisol López Iglesias, quien amable-mente brindó datos históricos para esta investigación.
[5] Vento, E. (2002) Ob. Cit.